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El Rincón del MELÓMANO

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Los primeros grandes intérpretes del disco. Beethoven desde los orígenes

Por: Luis Pérez Santoja | 6 Mayo 2020
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Como vimos en el anterior texto de esta serie, desde los primeros registros sonoros la música de Beethoven captó el interés de músicos y técnicos, lo cual, documentado desde el siglo XIX, nos confirma el gran gusto que había por ella. Fue con su música que se hicieron muchas de las primeras ediciones grabadas en cualesquiera de los múltiples inventos desde los primitivos formatos mencionados, como el cilindro para fonógrafo y el disco plano para gramófono, que tuvieron un florecimiento inusitado y una continua evolución, convirtiéndose en el soporte más práctico y difundido que permitió escuchar la música durante más de siete décadas, a pesar de la competencia paralela de los diversos formatos de cintas magnetofónicas: las grabadoras de carrete, los popularizados cassettes y los cartuchos.

 

Así fue hasta la casi desaparición del disco LP de vinilo y el, para entonces, ya establecido disco compacto, relativamente semejante, con aspectos tanto inferiores como superiores. ¿Podríamos decir que murieron asesinados? Cuando se dijo que “el disco desaparecería”, velozmente y sin previo análisis, los melómanos dejamos de adquirirlos, las disqueras dejaron de producirlos y las tiendas, ante las bajas ventas y la escasez de productos, tuvieron que “bajar la cortina”, incluso aquellas de poderosos emporios internacionales.

 

Pronto se aceptó la sustitución por otros formatos de calidad sonora inferior, como los ipods y mp3, así como las llamadas “bajadas” o streamings -que ahora son los spotify y aplicaciones similares-, nada superior en sonido a los formatos despreciados, sino todo lo contrario, además de que, por suerte, desde el principio de esa debacle, se estableció la compra por internet a tiendas especializadas que aún ayudan a adquirir cierta variedad de discos CD, videos DVD, y hasta del añorado LP de vinilo en prensados recientes, formato que pareciera estar regresando, pero sin popularización real, dedicado al rock y al jazz con un mínimo repertorio de música clásica.

 

Pero Beethoven ha estado presente siempre. Simplemente en días recientes pude escuchar en CD, un par de ¡nuevos! ciclos completos de sus sinfonías: uno con ADAM FISCHER y la Orquesta de Cámara de Dinamarca y otro con ANDRIS NELSONS, una de las nuevas y polémicas estrellas de la música, al frente de la Filarmónica de Viena y los respectivos coros y solistas (¡el Wiener Singverein con Nelsons! Y ya se anuncian otros futuros ciclos.

 

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Estos ciclos se agregarán a las varias docenas que se han grabado desde el ciclo que HERBERT VON KARAJAN realizó en 1961-1962 con su Filarmónica de Berlín, el primero en ser pensado de antemano como un proyecto discográfico completo.

 

Confirmemos que cuando hablamos de un ciclo se refiere a aquel que fue conformado durante un periodo corto y con la intención de integrarlo como tal para su edición o venta, aunque, en algunos casos, las obras podrían haberse registrado poco a poco y en diferentes ocasiones de tiempo y lugar, y sin la intención previa de reunirlas como ciclo, lo cual pudo ser un proyecto posterior.

 

Recordemos que, además de los integrales, la interminable discografía de Beethoven incluye incontables versiones individuales de casi todas las sinfonías, que han sido registradas en las últimas décadas, sobre todo por directores que no pudieron o no desearon realizar un ciclo integral de estas imponentes obras.

 

¿Sabía usted que durante todos estos años de gran auge discográfico, la fundamental marca Deutsche Grammophon, para muchos sinónimo un poco exagerado de ser “el mejor” de todos, identificado por su emblemático “sello amarillo”, imponía como condición para el contrato a nuevos músicos  que tendrían que comenzar con el característico lanzamiento de dos sinfonías de Beethoven (5 y 6, o 5 y 7, o cualquier combinación similar)? Algo de ello nos hubiera podido platicar nuestro añorado EDUARDO MATA, cuando en plena y exitosa carrera internacional, estuvo en plática con los funcionarios de la DG. Mata prefirió aceptar la oferta de otra casa, la RCA, que sí le permitió hacer su anhelada grabación de una parte de la obra de Silvestre Revueltas -algo que la DG no le hubiera permitido para comenzar su entrada a la marca y que Mata sólo podría realizar allá como por su quinto o sexto año de renovación de contrato, si se vendían bien sus títulos previos.

 

Es importante mencionar que siempre nuestra apreciación será a partir de admitir la subjetividad de la música misma y de su interpretación. Cuando en un concierto, al final de una obra, una persona queda conmovida hasta las lágrimas, otra salta de su asiento por el impacto que le causó y otros más, permanecen casi insensibles o sin emoción; y todos escucharon la misma obra e interpretación. Y con toda probabilidad, todos fueran poseedores de una preparación similar como oyentes o semejante familiaridad con la obra. Aunque, a veces, la ausencia de alguno de estos factores y la circunstancia en que la escuchemos pueden influir en la apreciación.

 

Es muy difícil establecer parámetros basados en que alguna obra o su interpretación sean “la mejor” de todas y una calificación definitiva o radical podría ser injusta. Por supuesto, hay parámetros que permiten al musicólogo opinar y se crean consensos sobre cuál podría ser la mejor obra de un compositor o la mejor interpretación de la misma. Por ejemplo, el consenso establecido que afirma que el Cuarto Concierto para piano de Ludwig van Beethoven es el mejor de sus cinco obras del género.

 

La mejor interpretación es la que más nos gusta, la que nos dice algo al corazón y a la mente. Y será tan válido nuestro juicio como el del amigo que también la escuchó o el especialista que doctamente nos imponga su criterio. Siempre podremos descubrir algo diferente en la música tras repetidas audiciones. Cuando una obra, un autor o un estilo, de cualquier época, no nos guste, hay que “darle chance” y volver a escucharlos y después, escucharlos de nuevo. Dejar “descansarlos” un tiempo y días después volver a la carga.

 

Siempre digo, algo en broma, que una obra difícil o que decimos que ‘No entendemos’, habría que escucharla 49 veces. Sólo si después de 50 audiciones no le hallamos nada, tal vez sea conveniente no intentarlo más. Más en serio, algunas obras nos exigen escucharlas varias veces o muchas veces; descubriremos con sorpresa que, en alguna de tantas audiciones le podríamos encontrar a la obra su complejo contenido, o su estructura que nos resultaba incomprensible o incluso, descubrir fascinados su belleza escondida, que podría no radicar sólo en una melodía accesible y “pegajosa”.

 

Con el establecimiento del disco eléctrico el enriquecimiento de las grabaciones fue notorio: ya se grababa con micrófonos, recién inventados también, se usaba un amplificador electrónico para registrar y procesar el sonido con mayor realce y los discos se “cortaban o grababan” con agujas electromagnéticas especializadas.

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La primera grabación musical eléctrica se hizo el 25 de febrero de 1925, (fecha que no olvido por razones personales) y, por rara ocasión, no se hizo con una obra de música clásica, sino con la canción You may be lonesome, cantada por ART HILLHAM, un famoso locutor y crooner de esos tiempos.

 

Para entonces descollaba la empresa Columbia Records, que había desarrollado la comercialización de los cilindros grabados; la Columbia desarrolló el uso de las grabaciones eléctricas y estableció la competencia con la llamada Victor Talking Machine, que pronto sería la RCA Victor, tan significativa para el posterior auge de grandes grabaciones de música clásica, y ambas habían impuesto, poco antes, los discos de dos caras grabadas.

 

Por cierto, la competencia era relativa porque también pudieron ponerse de acuerdo para no difundir el nuevo invento de las grabaciones eléctricas y vender primero el abundante lote que aún tenían de grabaciones mecánicas, que no hubieran sido adquiridas ante el pujante invento.

 

Desde entonces, fueron apareciendo los directores de orquesta más notables y conocidos de la época, que hacían sus grabaciones adaptándose o enriqueciendo el mundo del disco en sus inicios. Limitados los discos de 78 rpm., “el óptimo formato del momento”, a una corta duración de entre 3 y 4 minutos era común que se registraran sólo obras cortas o movimientos de alguna obra larga; pensemos lo que representaba, en número de discos, una  sinfonía o un concierto con duración normal de poco más de media hora.

 

El famoso pianista Josef Hofmann, el primer virtuoso del piano en grabar discos, no sólo se limitó a registrar pequeñas piezas, sino que algunas de ellas, como la Rapsodia Húngara en do sostenido menor de Liszt se grabó o se editó con diversos cortes. Esta confirmado, por ejemplo, que el famoso compositor Gustav Holst, cuando grabó su obra Los planetas, aceptó adaptar el tempo de la misma, para que cada “planeta” pudiera caber en un solo disco o lado de disco de 78 rpm.

 

Pero lo más importante fue que comenzaron a aparecer en el mundo discográfico aquellos músicos de la música clásica que ya eran los famosos intérpretes de la dirección, el piano, el violín, el violonchelo y otros instrumentos, así como del canto, o aquellos que unos años después serían consideradas las primeras figuras legendarias de la música, en las primeras décadas del siglo XX.

 

La lista de esos músicos sería interminable y superior a toda posibilidad en un texto de estas características. Pero intentaremos hacer es un recorrido parcial por los nombres principales que aparecieron en esa etapa del siglo y posteriormente comentar los principales ciclos integrales de obras de Beethoven, así como algunas de las grabaciones más trascendentes y recomendables de obras de Beethoven, de diversos géneros, independientemente de que fueran parte de una serie integral.

 

Así surgieron los primeros ídolos de la música clásica que pronto competirían entre sus admiradores con las figuras de años posteriores; este “conflicto” por el gusto musical y la superioridad de los favoritos respectivos duraría muchas décadas, incluso hasta nuestros días, maravilloso fenómeno, sin duda, provocado, por la mencionada subjetividad de la música.

 

Algunos de aquellos músicos hicieron sus principales grabaciones en las primeras décadas de auge discográfico, mientras que otros encontraron su momento de mayor impacto público hacia los años 40 y 50, con mejores posibilidades tecnológicas de calidad sonora. Algunos de ellos como Bruno Walter y Otto Klemperer, gracias a su longeva vida profesional, lograron que sus grabaciones llegaran hasta tiempos más recientes, por ejemplo, las décadas de los años 60 y 70.

 

Sin embargo, tal vez los nombres de directores más significativos de esa etapa inicial, por su trayectoria y trascendencia y por su influencia posterior tanto sobre otros directores como en el gusto del público, fueron el italiano ARTURO TOSCANINI y el alemán WILHELM FURTWÄNGLER, y el propio OTTO KLEMPERER, a quienes dedicaremos una descripción en el próximo texto.

 

Mientras tanto, compartimos algunos nombres indiscutibles que fueron los primeros ídolos de la música grabada. Procuramos incluir a músicos con un estatus de “pioneros”, y que participaron en las primeras grabaciones eléctricas o antes, aunque a algunos su longevidad les permitió conocer la era de la grabación moderna, incluso, la estereofonía.

 

Veamos una relación inevitablemente incompleta:

 

CANTANTES: Marian Anderson, Enrico Caruso, Beniamino Gigli, Ludwig Weber, Salvatore Baccaloni, Lauritz Melchior, Feodor Chaliapin, Helen Traubel, Ramón Vinay, Richard Tauber, Ezio Pinza, Jussi Björling, Kirsten Flagstad, Peter Anders, Rosa Ponselle, María Caniglia.

 

DIRECTORES DE ORQUESTA: Willem Mengelberg, Victor de Sabata, Bruno Walter, John Barbirolli, Thomas Beecham, Georg Sell (antes de Cleveland), Karl Böhm, Pierre Monteux, Felix Weingartner, Leopold Stokowski, Vaclav Talich, Y las grandes “kas” (K): Clemens Krauss, Hans Knappertsbusch, Otto Klemperer, Erich Kleiber, Serge Koussevitzki.

 

SOLISTAS: Pablo Casals, Arthur Rubinstein, Claudio Arrau, Pablo de Sarasate, Jascha Heifetz, Andrés Segovia, Cuarteto Busch, Cuarteto Budapest Alfred Cortot, Vladimir Horowitz, Pierre Fournier, Jacques Thibaud, Artur Schnabel, Yehudi Menuhin, Leopold Godowski, Fritz Kreisler.

 

Haremos, pues, en futuros textos, un sencillo recorrido por los más destacados intérpretes, tanto directores como instrumentistas y cantantes, que en este inagotable mundo del disco han protagonizado algunas de las versiones más valoradas de obras de Ludwig van Beethoven, con la intención de contribuir a la valoración de qué posibles grabaciones debemos conocer por su importancia histórica o musical, independientemente del gusto subjetivo y de cuáles pudieran se nuestras propias favoritas.

 

Además, descubriremos cuáles fueron las primeras interpretaciones que hizo la OFUNAM (desde sus inicios como SINFÓNICA DE LA UNIVERSIDAD y aún antes), así algunos de los momentos relevantes de la Orquesta en relación con el gran compositor que celebramos este año.

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